domingo, 27 de enero de 2008

Viaje a Japón IV: Asakusa

Tras nuestra agotadora visita a Kamakura, para el día siguiente teníamos elegido pasar la mañana en Asakusa, después ir al Palacio Imperial para más tarde visitar el Museo Nacional en Ueno. LA verdad es que los planes parecían perfectos pero como suele pasar a veces se tuercen las cosas y el tiempo cuando uno está ensimismado vuela.

El día empezaba bien, algo nublado como no pero sin mucho jaleo cogimos el metro hasta Asakusa, llegar como siempre a algún sitio de japón no nos resultó complicado prestando un poco de atención. Fácilmente encontramos la famosa puerta Kaminari-mon (Puerta del trueno) que sencillamente ya nos avisaba de lo que encontraríamos al final de la calle, realmente aquel pasillo hasta la siguiente puerta que daba entrada por así decirlo al recinto de uno de los más famosos templos de Tokio "Sensoji" dedicado a la diosa Kannon era una calle de pequeños tenderetes o comercios dentro de la trazada de la calle por lo que longitudinalmente eran tres calles, como no y como todo turista pasamos por toda la locura para echarle un ojo haber que comprábamos después, aunque siendo sinceros no pudimos evitar ver una cierta similitud con los mercadillos españoles pues muchas de las cosas que vendían era el típico souvenir mal acabado y bueno que nos decepcionó un poco aunque había ciertos sitios que si que nos llamaron la atención.


Una vez pasamos Hozomon (la puerta del tesoro, nos encontramos en una especie de plaza, pero frente a nosotros con una majestuosidad impresionante se levantaba el bello Sensoji, que a pesar del fondo plomizo del cielo relucía su rojo brillante, la palabra para el luegar era sorprendente, si mirabas a la izquierda estaba el también conocido Goju-no To, una bella pagoda de cinco pisos que se alza contra el cielo, si mirabas a la derecha otro templo y así como un oasis en medio de la gran urbe. Nos dirigimos al templo central entre foto y foto, pues quería una foto digna del gran templo y así pasó que tardamos dos mil años en subir y disfrutar de la atmósfera que a pesar de estar abarrotado todo de gente podía decirse que era místico. Después como es nuestra costumbre merodeamos largo rato por el lugar, vamos que estuvimos horas allí, mirando las carpas en el riachuelo, los pequeños puentes, los templos y demás construcciones.


Ya tras la insistencia de Jesús para que nos moviéramos porque yo andaba embelesada por una brillante carpa dorada volvimos a callejear ahora sí por los comercios en busca de lo que más nos llamara la atención, y como ya he comentado anteriormente la mayoría no nos hizo mucha gracia pues los kimonos o yukatas de telas extremadamente brillantes llenos de flores no nos parecía más que una versión pobre de las prendas tradicionales, pero entre tanta oferta siempre hay cosas interesantes. Una de las tiendas vendían las conocidas muñequitas japonesas en madera, a las que no me pude resistir a llevarme una pero lo más curioso fue que al pedirla, como no la pedí en japonés de la manera más correcta que pude y teniendo e cuenta mi breve vocabulario pero el hombre que nos atendía parecía entender que yo conocía mejor su ideoma por lo que comenzó a parlotear aceleradamente, a lo que le contesté que no entendía, entonces pasamos a hablar inglés y cuando le contestamos que éramos de españa, ¡mi madre! que sabía hablar español, así que lo pasamos genial, y tenemos un grato recuerdo de esta persona que sentía la misma adoración por españa que nosotros por su país. Tras salir con una alegría desmesurada compramos al lado varios palillos, que me ha dado por coleccionar, y más tarde me sumergí de lleno en una bonita tiemda de papeles tradicionales, estaba justo en la esquina derecha del Kaminari-mon y entramos más que nada por casualidad porque de pronto cayó uno de esos aguaceros que te dejan como una sopa, al final acabé comprando algunas cosillas como no. Pero si hay una tienda de la zona que me llamó la atención fue una de cuchillos que estaba algo escondida, la pena fue que era mejor no probar suerte a llavarnos uno y tener que dejarlo en el aeropuerto.

Al final tras varias horas de patear indiscriminadamente decidimos descansar un momento mientras disfrutábamos de un café, de camino no puedo olvidar a aquel monje rezando en voz baja con su profunda voz, con la cabeza gacha y un gran sombrero de bambú cubriéndole el rostro, cerca del metro que me causó una profunda impresión. Fue as
í con nuestra taza de café en mano cuando decidimos emprender nuestro camino al palacio imperial... pero quizás llegaríamos o no pero mientras lo dejamos en suspense hasta la próxima, por el momento las fotos de la mañana de aquella jornada!



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